Resulta que no bastaba con comportarme de una manera correcta, cumplir las normas e intentar ser amable con todos, mis motivaciones solamente alimentaban mi ego, giraban en torno a mí, nada de lo que hiciera valía de nada delante de Dios, porque directamente, él no era mi motivación. Cuando comprendí esto el Señor me mostró lo lejos que mi corazón andaba de él y lo mucho que necesitaba un cambio, me mostró cada una de mis miserias, pero fue mucho más allá: me dio una esperanza. Dios pensó en mí desde el principio, él sabía que mi corazón pecaminoso nos separaría para siempre y puso en marcha su plan de salvación: envió a su hijo unigénito, Jesús, a morir por mis pecados y al tercer día lo resucitó para que hoy yo pudiese vivir. No, ni mis mejores acciones me harán jamás merecedora de tal sacrificio. No hay nada que yo pueda hacer para merecerlo, no hay más sacrificios que ofrecer ante el Padre, Cristo pagó la deuda de una vez y por todas (1Pedro3:18).Ahora soy vista como justa delante de Dios por medio de Cristo. Es un regalo inmerecido y yo solo puedo dar gracias.
Oro para que el Señor, en un mundo que nos quiere hacer sentir merecedores de todo, nunca permita que me sienta merecedora de lo que Él hizo por mí, que me recuerde siempre de donde me sacó y hacia donde me está llevando por gracia.
Y tú, ¿de qué eres merecedor?
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