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martes, 20 de agosto de 2019

Egipto ha quedado atrás.

Éxodo es un libro al que siempre me gusta regresar para recordar la paciencia de Dios a pesar de la infidelidad de los hombres.
Éxodo narra la historia de la salida del pueblo de Israel de Egipto y cómo Dios va abriendo camino para cumplir su propósito y sus promesas. El pueblo de Israel estaba siendo explotado y esclavizado por los egipcios, pero el Señor los liberó y trajo gran aflicción a sus opresores. Al salir de Egipto, anduvieron 40 años por el desierto, a fin de encontrar aquella tierra que el Señor les había prometido, pero en ese tiempo, fueron múltiples las veces en las que el pueblo miraba hacia atrás y recordaba Egipto con añoranza, tal y como vemos en Éxodo 16: 3« y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud.»
Ciertamente la Biblia no debe analizarse por medio de alegorías, pero no es menos cierto que hay mucho parecido entre el pueblo de Israel y nosotros, los actuales creyentes. Leyendo estos versículos no pude evitar sentirme identificada. ¿Cuántas veces he mirado hacia atrás y he menospreciado el sacrificio que Jesús ya ha hecho por mí? ¿Cuántas veces he pensado que las cosas me iban mejor en el pasado, que seguir a Jesús es demasiado sacrificado?  Si continuamos leyendo nos encontramos con la paciente respuesta del Señor para Israel en el versículo 4 :«Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no.»
El Señor nos sacó de una vida que quizás podía parecernos cómoda, pero que inevitablemente nos llevaría a la muerte. La buena noticia es que él no nos sacó solos, no pretendía que murieramos de hambre en el camino, sino que nos proporcionó a su hijo Jesús, el pan de vida, para que en él fuésemos justificados y saciados.
Seguir a Jesús no siempre parecerá el camino más fácil. Todos tenemos un Egipto del que Dios nos ha sacado, en donde quizás teníamos todo lo que aparentemente necesitábamos para ser felices, pero en el fondo, éramos esclavos del pecado y por ende, estábamos condenados a muerte. Dios nos liberó y cambió ese aparente bienestar temporal, por uno mayor y eterno. Él nos dio el pan del cielo, su hijo, y si creemos que él es suficiente, caminaremos confiados en el desierto.

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